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Antes de convertirme en madre ya tenía un montón de preocupaciones, planes y teorías en mi cabeza sobre cómo era ser mamá y la crianza. Desde la elección del nombre, hasta otros temas más profundos como el complejo de Edipo, control de esfínteres, establecer límites y un largo etcétera. Durante aquellos tiempos en los que era profesional pero aún sin hijos, mi visión sobre la crianza era mucho más simple, más estricta y sin duda mucho más ingenua.

Si la Joana de antes se sentara a hablar con la de ahora, sin duda la Joana psicóloga se ganaría un buen sermón. No es que estuviera equivocada, al fin y al cabo estaba siguiendo teorías y estudios, pero es que me faltaba algo muy importante: más empatía y amor.

Obviamente en aquel momento no lograba entender del todo que el amor por nuestros hijos puede hacernos flexibilizar nuestras propias convicciones, que el amor que sentimos por ellos nos llena de angustias y miedos cuando apenas son unos recién nacidos y que además ese amor nos lleva a hacer por ellos lo que haga falta para que estén bien. Me faltaba además la empatía no sólo para entender a otras madres, y por qué hacían lo que yo consideraba que era malcriar a sus hijos, por ejemplo. Me hacía falta también empatía para entender a un niño que llora porque está muy cansado, o porque no quiere comer más.

Recuerdo una situación en particular, antes de que mis morochos nacieran yo estaba segura de que un niño tiene que aprender a dormirse solo, en su cuarto, sin llantos ni crisis, aprender a dormir solito en su cuna. Para mi era muy fácil el plan, “pones al bebé en la cuna, si llora lo consuelas, sin cargarlo hasta que se calme, y sales del cuarto y así sucesivamente hasta que se acostumbre” era básicamente lo que pensaba que debía hacerse, hay teorías que hablan de esto y como promueve la independencia en el bebé. Cuando nacieron mis hijos me vi confrontada entre la teoría y el instinto materno, mi instinto me gritaba: “ellos necesitan de ti, sentirte cerca, no los dejes llorar bajo ningún concepto, tus hijos no necesitan aprender a dormir solos, ellos lo harán cuando estén listos”. Afortunadamente el instinto le ganó al conocimiento. Mi esposo y yo nos hicimos una rutina, en la que dormir a nuestros hijos en brazos, era una parte importante de nuestro tiempo como familia, un espacio íntimo en el que les dábamos nuestra palabra de que siempre estaríamos ahí. En menos de lo que imaginamos, aprendieron a dormirse solitos en sus cunas, ya no nos necesitaban ahí, sabían, sin llanto, que estaríamos si lo necesitaban. Todavía si tienen un día difícil, los duermo en mis brazos.

Poco a poco la Joana psicóloga le dio paso respetuoso y validado a la Joana mamá. Y lo más insólito es que la recibe hasta en el consultorio! Mi práctica hoy es otra! La empatía y el amor están más presentes en mi consulta, porque entiendo mucho más a las mamás y respeto mucho más los pedidos de los niños. Entiendo lo difícil que puede ser establecer límites y que tu hijo te mire a los ojos y te pida algo con toda ilusión, entiendo lo difícil que puede ser estar cansada, o mejor dicho agotada y dejarte vencer por una rabieta de tu bebé.

Por supuesto que todavía la psicóloga que hay en mí me da señales de alerta con respecto a miles de cosas, obvio que ya he revisado diagnósticos de hiperactividad, trastornos del desarrollo… chequeando que mis hijos no cumplan ni con un criterio! Claro que todavía me preocupo por el Edipo y le prohíbo a cualquiera, especialmente a mi misma besitos en la boca con mis hijos, por aquello de no erotizar el vínculo, ni hablar del miedo a los golpes en la cabeza por lo del daño orgánico cerebral, esas cosas están en mí, son automáticas, no lo puedo evitar, pero siempre está mi lado materno para hacerse respetar. Mi instinto materno es más fuerte que cualquier teoría y aunque a veces escucho a la psicóloga y tomo en cuenta sus sugerencias, creo que por ahora es la psicóloga la que está aprendiendo más de la madre. Afortunadamente!

Fuente: Joana Alenso

Joana es mamá de 2 hermosos hijos, que son morochos y están por cumplir 2 añitos este año. Es egresada de Psicología de la Universidad Central de Venezuela (2004) posteriormente estudió un postgrado de Psicología Clínica del CSME El Peñón (2008). Ha desarrollado su carrera profesional en diversas instituciones públicas, incluyendo el Servicio de Psicología de Consulta Externa del Hospital El Peñón. Actualmente trabaja como Psicólogo en la Unidad Terapéutica Renacer, ubicada en La Urbanización La Lagunita (Caracas-Venezuela), atendiendo principalmente niños y madres. Puedes seguir a Joana a través de cuenta de twitter @joanaalenso
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