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Tal vez hasta ahora hemos utilizado la lectura como un momento placentero para relacionarnos con ellos y ayudarlos a expresar sus emociones y pensamientos a través de la identificación que pueden llegar a crear con estas historias, pero de repente aquel mágico objeto que llamamos “libro” puede llegar a convertirse en un monstruo temible. El problema comienza cuando el libro que era identificado hasta ahora como un juguete se convierte en una tarea y no cualquier tarea, sino en el arduo trabajo de descifrar torpe y lentamente aquellos garabatos que antes, cuando los leía un adulto, resultaban tan satisfactorios.

Pensemos que antes de los 6 años la relación que toman los niños con la lectura suele identificarse con ese momento de vínculo familiar y diversión que transmiten estas historias apoyadas además en los colores e ilustraciones que acompañan a los libros; visto de este modo la lectura puede ser uno de los momentos favoritos del día. Pero pasamos de escuchar la emocionante narración de un cuento a la dificultad de aprender a decodificar las palabras por uno mismo. Este hecho se convierte en una tarea, un regaño, una mortificación para la madre e incluso, en ocasiones, un castigo para el niño: ¡Ponte a leer para que practiques!; no se parece en nada a aquel momento de construcción del lazo familiar que teníamos en un principio.

¿Cómo hacer para superar la tediosa tarea de aprender a leer sin perder el interés por la lectura? Se trata de un paso más en el proceso de aprendizaje y así como los acompañamos en cada paso mientras aprenden a caminar, debemos seguirlos acompañando ya que a pesar de que la maestra en el colegio se encargará de formarlo en la lectura, el niño necesitará no perder el momento de contacto y diversión familiar que la lectura ha significado hasta ahora en casa.

Primero que nada tendremos que quitarle la carga al aprendizaje. Sin presionar al niño sobre lo necesario que es aprender a leer para poder estudiar, trabajar o vivir, ¡Vaya presión! A su vez, recordemos que no son sólo las palabras sino también nuestra actitud la que le transmite la tranquilidad al niño o, en su defecto, la intranquilidad. Continuemos con entusiasmo, que no siempre se trate de leer, que también se trate de cantar, narrar historias inventadas cuando vamos en el auto camino al trabajo o al colegio, hacerlo partícipe del momento, justo ahora los pequeños de la casa están desarrollando habilidades de abstracción que antes no tenían y con eso pueden comenzar a crear sus propios cuentos o simplemente cambiar las situaciones que ocurren en las historias que ya conocen.

Leer no es sólo descifrar palabras, es también aprender a leer acciones, ilustraciones e incluso aprender a leer entre líneas nuevas posibilidades de aquellas historias que ya hemos leído una y otra vez. No es tarea de la maestra enseñar a los niños a descifrar el mundo, sino sólo las palabras.

Muchas veces queremos que nuestros hijos sean los mejores y que vayan a un nivel que nosotros les imponemos por presión social. Debemos derribar el mito de que el niño tiene que aprender a leer a cierta edad específica y con determinadas lecturas escolares, a veces esa presión a tan temprana edad genera un rechazo hacia la lectura. Así como los niños gatean antes de caminar, deben desarrollar ciertas habilidades antes de aprender a leer y debemos respetar ese proceso, no sólo respetando sus etapas de desarrollo sino también su individualidad.

Se trata de apoyarlos sin forzarlos, podemos escucharlos cuando leen en voz alta sin perder la paciencia y estimularlos, que ellos escojan lo que tienen ganas de leer. La lectura por imposición no produce satisfacción. Antes de preferir que nuestros hijos sean los primeros de la clase, mejor preferir que sean aquellos que asisten con más entusiasmo. Mientras mantengamos la ilusión del juego se hará más fácil el proceso, porque es ahí, cuando no se dan cuenta de que están aprendiendo, cuando se hace más fácil el aprendizaje.

Fuente: Susanna Bozzetto / Sombrero de Letras

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