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Llevamos varias semanas pensando cuánto podemos hacer en nuestras familias, para no ser parte de la violencia que nos rodea, no entristecernos y no tener esa sensación de desesperanza que inmoviliza. Lo piden mamás y papás. Lo piden los pequeños. Todos estamos necesitando nuevos referentes emocionales para no decaer, pero además, para sentir que hacemos algo útil.

Además de experimentar el impacto negativo de las dificultades políticas, económicas y sociales del entorno, estos también han sido meses de revisión de nuestras relaciones en contextos más íntimos y de “medir” nuestra capacidad de participación, desde cada una de nuestras posiciones particulares.

Venimos hablando, desde hace mucho tiempo, del necesario desarrollo de la empatía: una habilidad emocional que funciona como muro de contención frente al conflicto porque puede dar paso a la comprensión de quienes son diferentes a nosotros, puede permitir escuchar y analizar distintos puntos de vista. Venimos recordando nuestro papel de mediadores: Una cosa es lo que vemos fuera de casa, otra lo que podemos generar desde adentro. Y entonces, hemos venido pidiendo constantemente, buen trato a los otros, cortesía, amabilidad, sugerimos hacer favores, recomendamos evitar las críticas duras y ofensivas, o usar calificativos.

Pero para que una sociedad se supere de manera integral, tenemos que promover el desarrollo de habilidades emocionales mucho más inclusivas, como la compasión.

El término compasión; suele tener connotaciones negativas porque parece implicar menosprecio hacia quien sufre. Y es totalmente lo contrario: Apunta hacia la valorización activa de sus derechos humanos. La compasión supone: (1) Comprender conscientemente el sufrimiento del otro, (2) reaccionar ante ese sufrimiento y (3) hacer por el otro.

La compasión es más que empatía. En realidad, es una invitación a trascenderla. Supone entender aquello que genera sufrimiento en el otro (conocido o no), pero sobretodo, supone actuar para reducirlo.

¿Por qué nos cuesta ser compasivos? Porque podemos entrar en un juego de “racionalizar” para no involucrarnos. Porque la compasión exige el coraje de ver lo que es más fácil ignorar.

Requiere la valentía de lidiar con realidades dolorosas. Porque inconscientemente nos defendemos ante el sufrimiento. Porque negar es emocionalmente “más económico”.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo bueno y desinteresado por alguien desconocido? ¿Cuándo fue la última vez que ayudaste a resolver un problema de alguien más, sin esperar nada, sólo aliviar su sufrimiento? ¿Cuándo fue la última vez que cediste un beneficio a otro, porque para esa persona era importante?

Desde la psicología, lo venimos estudiando: La compasión está siendo una vía de redefinición del sustento emocional de la sociedad. Vivir atentos a nuestras posibilidades de expresar compasión, no es vivir para la lástima o la caridad: Es hacerlo para reparar una fuente de dolor que no es necesariamente propia, superando circunstancias personales.

La compasión, permite tejer comunidad; con hilos de gestos y rituales para afrontar el trauma y encauzar el dolor social.

Fuente: Irene Ladrón de Guevara J., M.Sc.

Irene Ladrón de Guevara es mamá de dos, Licenciada en Psicología Escolar por la Universidad Central de Venezuela y Magister Scientiarum en Psicología del Desarrollo Humano, por la misma universidad. Tiene más de 20 años de experiencia en diseño y ejecución de recursos y programas para el mejoramiento de la enseñanza, atención a familias y servicios de salud integral en organizaciones sin fines de lucro, y un título de Experto Universitario en Responsabilidad Social en la UNED (España).

En redes sociales puede seguir a Irene a través de sus cuentas, en twitter e instagram: @infanciaenmas.

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